Gustavo Ocando Alex, Venezuelan journalist for the Voice of America, who worked from Maracaibo sometimes without water, electric
Gustavo Ocando Alex es colaborador de la Voz de América en Maracaibo, una de las ciudades venezolanas más perjudicadas por cortes eléctricos y escasez de gasolina.

MARACAIBO, VENEZUELA - Mi sitio de trabajo, que en realidad es mi hogar, podría perfectamente valerme la candidatura a una membresía de la comunidad de preppers o survivalistas, aquellos que, autosuficientes, se alistan para el fin del mundo.

Un ventilador de pilas recargables es mi escudero en la esquina de mi escritorio. Sobre y en los derredores de la mesa donde suelo a diario teclear e hilar historias, hay encendidos cuatro enrutadores alámbricos e inalámbricos de distintos proveedores de Internet.

Mantengo dos linternas, con cuatro pilas siempre cargadas, dentro de la gaveta de mi archivo. A unos 15 metros, en el cuarto de servicio de mi apartamento, yace un generador eléctrico portátil, de 2.200 vatios de capacidad, súper silencioso.

Tengo siempre a mano largas extensiones eléctricas, un bombillo de nueve vatios recargable y una lámpara que se alimenta de un panel solar. Bien conservadas, reservo tres recipientes de gasolina, hoy sin muchos litros dentro, pero con tufo eterno a ella.

La oficina doméstica de Ocando Alex, dice, se convierte en una especie de horno por las altas temperaturas durante los apagones diarios por racionamiento.

Para los preppers, serían, siquiera, recursos útiles para el apocalipsis. Ocurre que, en casa, al norte de una de las ciudades más pobladas de Venezuela y cuna del festín petrolero venezolano del siglo pasado, la emergencia final es una vivencia cotidiana.

Maracaibo es capital del estado más poblado del país, Zulia. La corporación eléctrica, administrada por el gobierno en disputa de Nicolás Maduro, interrumpe el servicio hasta durante la cuarentena por la COVID-19, mudándolo por circuitos en tandas diarias que se extienden por varias horas continuas.

Fronteriza con Colombia, tiene el deshonroso título de la región con más cortes eléctricos, con 4.799 fallas entre enero y marzo, y al menos 3.200 en abril, según una asociación civil que registra cada corte de luz en Venezuela.

Durante años, la historia ha sido similar: desde agosto de 2017, hay racionamientos en Zulia; años antes, también hubo apagones constantes y cortes programados de hasta 12 horas diarias.

Soñé siempre con tener mi oficina doméstica. Hoy es tangible, pero, también, un horno: cuando interrumpen la electricidad en casa, usualmente en la mañana o al mediodía, mi espacio de libros, computadora portátil y equipos de comunicación muta a un rincón de altas temperaturas a medida que transcurren las horas.

Los termómetros marcan registros de 35 a 37 grados centígrados. La humedad ronda el 70 por ciento. Generalmente, es peor abrir la ventana. Sin aires frescos, suele ser una invitación al sol y al calor, ambos inmisericordes, a que me acompañen a teclear.

La oficina se transfigura en un silente sauna mientras redacto sobre el mercado petrolero o la hiperinflación, grabo audios de análisis de la operación mercenaria contra Nicolás Maduro o edito videos sobre la escasez de gasolina en Venezuela.

La fatiga se las arregla para, a tientas, hallar nicho en el estómago. Escala hasta la cabeza sin darme cuenta. Llega el mareo. Sobre mí, está el ventilador de techo de cinco aspas, inerte, sin sentido ni utilidad en el apagón. Pido tregua. Pauso el oficio.

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Ejercicio de paciencia

Enciendo el generador, rogando a Dios que un milagro, como el de Caná, multiplique el poco combustible que almaceno para las horas sin electricidad o que el corte del día sea una cuestión efímera. Conecto cables, ventiladores, recargo aparatos electrónicos.

Reanudo la escritura. “Guyana más rica, Venezuela en crisis”. Pienso en si la comida del refrigerador ya se descongela. “La caída del PIB de Venezuela será de más de 15 por ciento”. Mi esposa me comenta cuán sudada está nuestra bebé, de dos años. “Ancianos sortean la COVID-19…”. Miro el reloj, cuento las horas sin luz.

Paseo mi -intento de- conexión de Internet por los cuatro enrutadores hasta hallar uno que funcione. Ha ocurrido que ni uno solo de ellos, que proveen de velocidades de apenas cuatro megas por segundo de descarga y uno de carga, da la talla.

Maracaibo, donde vive Ocando, es una de las ciudades venezolanas más perjudicadas por cortes eléctricos.

Los apagones, comentan los entendidos, afectan las llamadas repetidoras de señal de las empresas telefónicas. La explicación sabe a aserrín cuando, no pocas veces, he quedado atascado en el trabajo, desprovisto de comunicaciones eficientes.

Para entrenar la paciencia, tengo al WeTransfer, un servicio que permite adjuntar archivos y enviarlos al correo de cualquier persona, en este caso, de mis jefes.

El programa es una auténtica maravilla, pero se ha convertido en mi fiel entrenador personal de aguante y reciedumbre entre oscuranas y fallas eléctricas.

Sin buena señal de Internet o despojado de él del todo, el ejercicio de monitorear el porcentaje de carga en Venezuela elevará tu resistencia al nivel de monjes budistas.

Es el mismo adiestramiento de cuando toca salir a la ciudad a cubrir noticias, a cazar historias. En Venezuela, los periodistas le llamamos “patear la calle”. Y, patear la calle, en los últimos meses, se antoja como un suplicio por la falta de gasolina.

El castigo de Sísifo

En estados como Zulia, está prohibida la gasolina para quien no forme parte de las instituciones del madurismo y militares, sean pacientes con condiciones delicadas o integren sectores considerados esenciales, como la alimentación y la salud.

Sumo nueve semanas al hilo sin llevar a mi carro, un sedán de 2001, hasta las entrañas de una estación de servicio. Antes de la cuarentena, a mediados de marzo, era posible llenar el tanque tras muchas horas de cola. Hoy, luce como un imposible.

El acceso a la gasolina para los periodistas zulianos lo coordinan jefes militares y el periodista a cargo del departamento de relaciones públicas del gobernador, madurista.

Y, sin mucha gasolina disponible, cada kilómetro cuenta. Como colofón, casi como una ironía, el medidor de combustible de mi vehículo se averió a principios de año.

Nunca sé, por ejemplo, con cuántos litros exactos cuento para ir desde casa al oeste de la ciudad para hacer una historia sobre el transporte y el desempleo.

Calculo al “ojo por ciento”. Abro Google Maps, veo cuántos kilómetros hay de distancia de ida y vuelta y me digo: “tantos kilómetros, tantos litros”, usando de guía una tabla de un presunto experto en la materia que leí semanas atrás.

Confirmo el kilometraje al salir y al regresar, descontando litros del tanque en mi mente. “Voy a La Curva de Molina, son 15,5 kilómetros, son 2,5 litros, más o menos”.

La verdad rotunda es que, al final, nunca he tenido ni tendré certeza alguna de cuántos litros de gasolina aún tengo, camino a junio, en el tanque de mi carro.

Zulia, donde vive Ocando, es el estado de Venezuela con mayor número de interrupciones eléctricas. Entre enero y abril, los cortes se cuentan en miles.

Sísifo, un personaje de la mitología griega, mortal y astuto, recibió un castigo eterno de los dioses luego de años de desencuentros con ellos, según la leyenda.

La ejemplar reprimenda de Zeus y Hades consistía en que Sísifo subiera una pesada piedra por una montaña empinada y, cuando estuviera cerca de la cima, la roca caería hasta el valle para que el hombre reiniciara su ascenso con ella en un bucle eterno.

Hacer periodismo es la antítesis de una expiación. Es una ocupación urgente, esplendorosa, rica en utilidad social y en recompensas palpables e intangibles.

Pero, si Sísifo existiera y si, en ese ejercicio imaginativo, fuese colega de oficio, juro que habría nacido en Venezuela, probablemente oriundo de alguna de las ciudades del interior, vejadas con mayor acento por la crisis económica y social.

Lo imagino remontando la montaña con una pimpina de gasolina inhabitada y, en el tope del cerro, un oficial militar le negaría el paso, lanzando al vacío el recipiente.

Si viviera en mi país, su mito fuese una peregrinación en la oscurana, sin electricidad en los postes y edificaciones aledaños a su montaña. En su intento de llevar un reportaje o un archivo de video a sus jefes, en la loma, tropezaría y se desplomaría.

Ya habría comprado generadores portátiles, extensiones eléctricas y linternas recargables. Sísifo sería un periodista tozudo, derivado en survivalista del siglo XXI para intentar contar noticias de la manera más proba en un ambiente desafiante.

El mortal, el astuto, el atrevido, sería hoy, en plena pandemia, un empedernido de la información entre apagones y escaseces crónicas de una colina llamada Venezuela.