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En política exterior también "Estados Unidos primero"


Trump es condecorado en Arabia Saudita por el rey Salman, el 20 de mayo de 2017.

En su primer discurso sobre política exterior unos meses antes de llegar a ser presidente, Donald Trump prometió que bajo su gobierno Estados Unidos sería —además de primero— “fuerte de nuevo, grandioso de nuevo y amigo de nuevo” en el contexto mundial.

“Por fin tendremos una política exterior coherente, basada en los intereses estadounidenses y los intereses compartidos con nuestros aliados”, dijo entonces.

Sus promesas de campaña fueron puestas en marcha casi inmediatamente. Usualmente, el cambio de partido en la Casa Blanca toma un año de transición a la nueva agenda y es entonces cuando se inician los cambios substanciales.

Ahora, a un año de ese cambio, Trump ha dejado muy claro que es un presidente diferente, poco convencional, a veces tan contradictorio e indescifrable, como consistente y directo.

Así lo dejó ver el jueves 11 de enero de 2018, solo unos cuantos días antes del primer aniversario de su investidura como presidente, luego que insultó a las naciones africanas, Haití y El Salvador, al calificarlos de "países de m...", y crear una crisis que dejó a los diplomáticos estadounidenses trabajando afanosamente en los días posteriores para restaurar los vínculos con esos países.

“El mundo debe saber que no vamos al extranjero a buscar enemigos”, había dicho Trump en aquel discurso como candidato. “Al contrario, siempre nos alegra que los viejos enemigos se vuelvan nuestros amigos y que los viejos amigos se conviertan en aliados. Eso queremos: traer paz al mundo”, aseguraba.

El presidente Trump estampa sello propio a la política exterior
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Pero con un Departamento de Estado que ha perdido el 60% de sus embajadores desde enero, una Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) a la que se le ha reducido su presupuesto y con la prioridad del gobierno enfocada a atender los problemas internos y a los estadounidenses antes que nada, la política exterior estadounidense ha cambiado radicalmente en el último año, y sus efectos y las alianzas resultantes todavía están por verse.

Lea también: Trump trata de sofocar rumores sobre despido de Tillerson.

Corea del Norte

Nadie puede acusar al presidente Trump de no haber intentado resolver en paz las diferencias con Corea del Norte. Primero pareció elogiar al líder norcoreano al calificarlo de “tipo listo”, luego dijo estar dispuesto a conversar con él para intentar resolver sus diferencias, pero tras varias pruebas de misiles y una prueba nuclear después, Trump aprovechó su primer discurso ante la Asamblea General de la ONU, para advertir que estaba dispuesto a “destruir totalmente” a Corea del Norte si no refrenaba su programa de armas nucleares.

Fue en ese discurso cuando primero se refirió a Kim como “rocket man”. El apodo perduró y dio lugar a un intercambio de insultos entre ambos líderes que hizo temer al mundo lo peor. Meses después, en respuesta a una advertencia norcoreana de atacar a Estados Unidos, Trump se jactó de que el “botón nuclear” a su disposición era “mucho más grande y mejor" que el norcoreano.

Las alarmas en un año de tensiones entre los dos países terminaron con el sonido de una de verdad —aunque falsa y producto de un error humano— en Hawái, cuando se anunció la inminente llegada de un misil presuntamente norcoreano, que, gracias a Dios, nunca fue y nunca estuvo cerca de ser lanzado.

A un año de la presidencia Trump, y a pesar de todo tipo de sanciones y presiones, el programa nuclear norcoreano no solo sigue, sino que progresa.

Lejano Oriente

El déficit comercial con China y el Tratado Transpacífico de Comercio, TTP, fueron blancos manifiestos y claros de la presidencia Trump desde un principio.

Dos días después de convertirse en presidente, Trump ordenó la salida definitiva del TTP que negoció el expresidente Barack Obama con 12 naciones de Asia y la cuenca del Pacífico, pero en el curso del año, tras dos reuniones con el presidente chino, Xi Jinping, primero en Mar-a-Lago y luego en una visita a Beijing, Trump rebajó sus demandas comerciales contra China a cambio de que Beijing abogara para detener las ambiciones nucleares de Pyongyang y respaldara y ejecutara las sanciones acordadas en la ONU contra el régimen norcoreano.

La intervención china con Corea del Norte pareció funcionar solo a medias y en diciembre, frustrado, Trump reconoció haber sido “blando con China” en un afán de evitar una guerra, indicando que su paciencia se podría acabar muy pronto.

"El petróleo sigue yendo a Corea del Norte. Ese no fue mi trato... si no nos ayudan con Corea del Norte, entonces voy a hacer lo que siempre he dicho que quiero hacer", en referencia a la posibilidad de volverse más agresivo en el comercio con China.

Medio Oriente

En su primer viaje a Medio Oriente, Trump fue condecorado en Arabia Saudita, hizo un llamado para una “coalición de naciones” en la región y dijo estar “verdaderamente esperanzado” en ayudar a Israel y Palestina a lograr la paz.

Unos meses después, consistente con sus promesas, Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel, ordenó iniciar el proceso para trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén y con eso probablemente descarriló, al menos en el futuro inmediato, cualquier posibilidad de paz para la región.

El reconocimiento de Jerusalén estuvo acompañado del retiro de Estados Unidos de la UNESCO, agencia de la cultura a la que Washington acusó de tener una tendencia anti-Israel.

Europa

La primera ministra británica, Theresa May, fue la primera líder mundial en visitar Washington en la era Trump para tratar de revalidar la “relación especial” que durante décadas ha existido entre los dos países. La visita de May el 27 de enero salió bien, a pesar de las diferencias de estilo y de ideas entre ambos líderes, pero todavía no ha sido reciprocada por Trump con una visita de Estado al Reino Unido.

Entre ambos se interpusieron las declaraciones de Trump sobre los musulmanes —el alcalde de Londres, Sadiq Khan, es musulmán—dos ataques terroristas que Trump atribuyó apresuradamente “al terrorismo radical islámico” y el retuit de un video de un grupo de ultraderecha británico.

El 12 de enero, Trump anunció la cancelación de su viaje a Londres programado para febrero, aduciendo su descontento con el nuevo edificio de la embajada estadounidense, que según él, ordenó construir Obama.

La relación con la canciller alemana, Angela Merkel, tampoco encontró Norte luego de la “extraordinariamente lamentable” decisión de Trump —según ella— de retirar a Estados Unidos del acuerdo climático internacional de París de 2015, que promovió y firmó el expresidente Obama. En cambio, el presidente Trump pareció pasarla muy bien en París junto a su homólogo francés, Emanuel Macron, con quien observó el desfile militar del Día de la Bastilla.

Las Américas

El presidente Trump dio marcha atrás al histórico acercamiento con Cuba durante el gobierno de Obama, al restringir nuevamente el comercio y los viajes a Cuba. Posteriormente, y luego de un supuesto ataque sónico a personal diplomático estadounidense en Cuba, retiró a buena parte de los diplomáticos estadounidenses que trabajaban en la isla y ordenó la partida de 15 funcionarios de la embajada cubana en Washington.

Estados Unidos también aplicó diferentes sanciones a funcionarios e instituciones venezolanas y limitó sustancialmente las operaciones financieras de Citgo, la filial en Estados Unidos de PDVSA. En un momento, Trump amenazó con intervenir militarmente Venezuela como respuesta a la crisis política que se agravó en el país sudamericano durante 2017.

Esa idea no fue rechazada solo por Caracas, sino también por los países del Mercosur y México, quienes reiteraron que “los únicos instrumentos aceptables para la promoción de la democracia son el diálogo y la diplomacia”.

Tanto en los temas de Cuba como en los de Venezuela, Trump pareció en ocasiones escuchar los consejos del senador por Florida, Marco Rubio, tanto o más que a su propio Departamento de Estado.

Rusia

Pero si un país fue omnipresente en la política exterior de Estados Unidos en 2017 éste fue Rusia y su presidente, Vladimir Putin, a quienes los servicios de inteligencia estadounidenses acusaron de intervenir en las elecciones de noviembre de 2016, en las que posiblemente intentaron ayudar a Trump —en colusión o no— a ganar la presidencia.

No obstante, para Rusia no hubo sanciones directas por parte de la administración Trump aunque sí del Congreso, que aprobó abrumadoramente una ley que tuvo que firmar el presidente para aplicar sanciones a diferentes empresas rusas en respuesta a la interferencia rusa en las elecciones de Estados Unidos y por su agresión militar en Ucrania y Siria.

Los rusos se mantuvieron todo el año negando su intervención en las elecciones y el presidente Trump, no tuvo empacho para creerles. “Cada vez que [Putin] me veía, decía: ‘Yo no hice eso’. Y creo, realmente creo eso cuando él me dice que lo dice en serio” dijo Trump en noviembre, tras encontrarse con Putin en la cumbre de la APEC en Filipinas.

“Tener una buena relación con Rusia es algo grandioso", dijo Trump a los periodistas. Y este golpe artificial de los demócratas se interpone en el camino”, poniendo en duda una vez más la conclusión de los propios servicios de inteligencia estadounidenses de que Rusia sí intentó interferir en las elecciones.

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