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Un alquimista de los sonidos

  • Federica Narancio

El taller de Monteverde también es un espacio cultural en un predio emblemático de Montevideo, que históricamente fue un lugar de encuentro.

Garrafas de gas, platillos de baterías, partes de pianos, troncos de madera, alambres… Sin tener una formación musical académica –y sin pretender tenerla-, el escultor uruguayo Gabriel Monteverde manipula, transforma y recicla deshechos y elementos orgánicos hasta encontrarles un sonido.

No son instrumentos, son esculturas sonoras. Es una distinción importante para Monteverde: cualquiera puede sentirse intimidado al tocar el violín si no tiene los conocimientos musicales necesarios, pero las esculturas sonoras invitan a que todos jueguen e interactúen sin miedo al ridículo.

En La Vieja Telita, su taller en la Ciudad Vieja de Montevideo, que también es su casa y un espacio cultural, exhibe algunas de las esculturas sonoras. También tiene a la vista instrumentos no convencionales que ha recolectado y comprado durante años con el fin de elaborar un pequeño museo.

El proceso de elaboración de estas esculturas dice mucho de cómo este artista de 45 años se vincula con su entorno y su barrio. Muchas veces los vecinos le traen troncos, cuerdas, tanques de metal y otros objetos que encuentran y que saben que le pueden venir bien, contó Monteverde a la Voz de América. Y su obra está destinada a ellos, a los que van a su taller-casa-centro-cultural, que suele tener las puertas abiertas durante el día.

Todos son bienvenidos en La Vieja Telita. Va con el espíritu del lugar. Su fundación se remonta a 1918, cuando el abuelo de Monteverde, Rafael D’Alessandro, abrió la Provisión Artigas en la que vendía frutas y verduras.

Con los años, los cajones de verduras empezaron a ser utilizados al final de la jornada laboral como asientos en los que escritores, poetas, periodistas y pintores de la época se reunían para tomar su “debido descanso” y compartir vinos con los familiares de Monteverde.

“El nombre ‘La Telita’ se lo dio la gente”, contó el escultor, “porque las telas de araña colgaban del techo”. Lo que hoy puede parecer poco higiénico en realidad seguía una lógica contraria: “Si uno se sitúa en lo que es un comercio (de esa época) dirigido por un italiano, huertero, el tener telarañas era la forma más prolija y ecológica de controlar la plaga de la mosca. Eran intocables”.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano dedicó un pasaje a este almacén-bar: “La Vieja Telita que durante el día funcionaba como verdulería y de noche era lugar de encuentro de poetas, artistas, y gente muy diversa (…) era un lugar, muy importante, de todo lo que significaba lugar de encuentro (…) ese lugar tiene importancia histórica porque es un símbolo de los tiempos en que Montevideo tenía tiempo para perder el tiempo”.

En los años 70, la provisión cerró y pasó a ser una casa-habitación, luego un depósito de la familia, hasta que Monteverde se hizo cargo y abrió un merendero para los niños del barrio. Con el tiempo el comedor cerró, pero Monteverde aseguró que el lugar siempre se mantuvo como un referente cultural y social de la Ciudad Vieja.

En 2005, el artista abrió el espacio cultural. Hoy tiene libros sobre medicinas alternativas, se organizan reuniones y talleres de forma espontánea y están los instrumentos en exhibición.

Aún está en proceso de evolución. Monteverde quiere implementar cambios, organizar más actividades. Pero esta obra sin terminar es parte de la historia circular de La Vieja Telita, que se recicla continuamente, al igual que las esculturas sonoras.

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