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Atentado contra Reagan cambió las tácticas del Servicio Secreto


El presidente Ronald Reagan salubaba momentos antes de ser baleado por John Hinckley.

El presidente Ronald Reagan salubaba momentos antes de ser baleado por John Hinckley.

El 30 de marzo de 1981, sonaron los disparos cuando el presidente Ronald Reagan salía de un hotel en la ciudad de Washington.

El agente del Servicio Secreto, Tim McCarthy, tenía que tomar una decisión aquella mañana del 30 de marzo de 1981: quedarse haciendo trabajo de escritorio o acompañar al presidente Ronald Reagan a un hotel en la ciudad, donde daría un discurso.

“El líder del grupo, en lugar de decidir entre dos agentes, porque los dos habíamos sido informados, lanzó una moneda al aire, ya que uno de los dos tendríamos que llenar la posición”, dice McCarthy.

McCarthy perdió.

Más tarde en el hotel, ese mismo día, recuerda haber observado la multitud mientras el presidente Reagan salía del hotel tras el discurso.

“Había volteado hacia el presidente, cuando de repente, John Hinckley, que está a la izquierda se salta el lazo, empujando hacia adelante”, dice McCarthy.

Hinckley apunta al presidente y dispara su pistola.

“Realmente nunca asocié el arma con la persona porque sucedió tan rápido. Pude distinguir sólo el sonido y el humo que vi salir de la dirección de donde provenían las balas”, recuerda Tim McCarthy.

Sonaron más disparos, incluyendo una bala que rebotó en la limosina del presidente Reagan. Mientras su carro se alejaba del caos, pareció que el presidente Reagan había sido herido por la bala rebotada. Una vez que paró la balacera y que los policías sometieron a Hinckley contra el suelo, se dieron cuenta que tres personas que estaban cerca del presidente Reagan, también habían sido alcanzadas por los disparos: el secretario de prensa, James Brady, el policía Thomas Delehanty y el agente McCarthy.

“Fui herido en el pecho y la bala me atravesó el pulmón, el hígado y el diafragma. La foto del momento muestra cómo me tocaba mi abdomen, pero allí estaba el hígado cuando la bala me traspasó”, dice McCarthy, añadiendo, “allí es donde me dolía, pero realmente me dispararon en el pecho”.

El secretario de prensa Brady sufrió heridas graves, pero sobrevivió, al igual que el policía Delehanty.

El presidente Reagan también se recuperó de sus heridas, pero McCarthy dice que el incidente fue un llamado de atención para el Servicio Secreto.

“Después de este atentado, los detectores de metal se comenzaron a usar para revisar a cualquiera que se acercara al presidente. Desde entonces, ese es el legado; no ha habido ningún otro atentado contra ninguno de nuestros presidentes, por parte de un atacante solitario que simplemente se acerca al presidente con un arma de fuego y, por supuesto, intenta asesinarlo”, explica McCarthy.

John Hinckley Jr. fue encontrado no culpable por razones de demencia y sigue confinado en una institución psiquiátrica.

La limosina que llevó al presidente Reagan hasta el hospital, ahora se exhibe en el Museo Henry Ford, en Dearborn, Michigan. El daño causado por la bala que disparó Hinckley fue reparado poco después del atentado.

Aunque el incidente ocurrió hace más de 30 años, el ataque creó un lazo duradero entre el presidente y su protector.

“El presidente y la señora Reagan mostraron su gratitud, agradecimiento y amabilidad hacia mí y mi familia desde aquel día”, dice McCarthy.

Después de servir a dos presidentes más, McCarthy se retiró del Servicio Secreto en 1993. Ahora se desempeña como jefe de la policía de Orland, en los suburbios de Chicago.
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