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Tras haber concluido, la XIX Cumbre del SIDA dejó innumerables experiencias entre ellas las de estos dos afectados latinoamericanos por el VIH.

Tenía 26 años cuando recibió el diagnóstico. Este joven a quien llamaremos José (para proteger su identidad) acudía a donar sangre y los análisis arrojaron que portaba el virus del VIH.

Casi una década después de ese diagnóstico, José, venezolano y homosexual, es activista en dos organizaciones de su país natal que pelean contra el SIDA: Luchemos por la vida y la Red Venezolana de Gente Positiva. “Cinco meses después de que me diagnosticaran, me uní al voluntariado de Luchemos por la Vida y me capacité en asesoría”, relató a la Voz de América.

"Hay que priorizar la educación
sobre la confianza"

Ahora el joven proporciona apoyo y consejo a todos aquellos portadores del virus que necesitan guía. José asesora a todo tipo de personas, incluidos adolescentes y homosexuales, muchas de ellas en situación de pobreza. La mayoría tienen en común un rasgo: están desinformados.

“Existe una falta de percepción de riesgo: crees que esto no te va a pasar, pero la educación tiene que priorizarse sobre la confianza. Hay que hacerse exámenes constantemente si has tenido sexo sin protección, independientemente de tu orientación sexual y de que estés con tu pareja de toda la vida”, explicó.

En Venezuela, en concreto, José sostiene que los recursos en prevención y tratamiento no son suficientes. En base al recurso de amparo de la constitución del país latinoamericano, explica el afectado, el gobierno tiene que cubrir los requerimientos médicos de los ciudadanos, pero la falta de fondos impide que los pacientes con VIH se sometan a los constantes exámenes necesarios para detectar la evolución del virus.

“Estos exámenes pueden llegar a costar unos 1.500 bolívares, que es el sueldo mínimo en Venezuela. Las pruebas son muy costosas”, concretó. En su país, según José, hay 43.000 personas con el virus en tratamiento y cuatro laboratorios especializados, pero cree que se necesita “el doble”, y que existen más de los 120.000 afectados que el gobierno dice haber cuantificado.

El Ministerio de Salud, por su parte, no ha elaborado una campaña de prevención contra el SIDA, aunque según el activista sí ha proporcionado fondos a las ONGs para que la lleven a cabo.

Otro problema que los afectados por el virus están sufriendo en Venezuela, según José, es la llamada “optimización de tratamiento”, propuesta por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que el gobierno del país está tratando de implantar a través de la retirada de fármacos, alegando que los procesos de compra de algunos son complicados.

“Están obligando a los médicos a hacer cambios de tratamiento de forma acelerada, abandonando esquemas en los que los pacientes se veían saludables. La prioridad es que los servicios den una atención más óptima y que no se den episodios de desabastecimiento”, comentó.

Un cambio de fármaco para un paciente con VIH que no puede realizar pruebas de tolerancia, no suministradas por el gobierno hasta que se dan cuatro fracasos consecutivos, podría suponer que éste sufriera síntomas como la resistencia viral, diarreas, vómitos, alergias o calambres en las extremedidades.

“Nos exponemos a todo esto porque no hay pruebas de resistencia y el médico va a tientas. Si hay dinero para comprar armas, ¿por qué no lo hay para esto?”, se preguntó José.

Personalmente, el venezolano considera que la clave para poder lidiar con el VIH es “entender que no define a la persona, sino que es una condición de salud. Son importantes los valores, la espiritualidad, independientemente de la religión que profeses, y el amor a los otros, que es la corona de todo. Sin eso, algunas personas han muerto en menos de un año”, explicó.

Por eso, según el afectado, el estado de ánimo es clave para convivir con el virus, y hay que enseñar a los demás que tener VIH "se trata de una condición similar a la de tener diabetes o hipertensión”.

Una comunidad marginada

La de Bamby Salcedo es una historia diferente: a sus 42 años, lleva más de 10 años conviviendo con el VIH, pero también con su condición de transexual. La mexicana preside, en Los Ángeles (California), la organización “La voz de inmigrantes Translatinos”, que planea estrategias de abogacía para dar voz a esta comunidad en la sociedad.

Cuando Salcedo recibió el diagnóstico, se sintió impactada. Pero después decidió pasar a la acción. “Pensamos que nos va a llevar a la tumba, pero cuando nos informamos, vemos que hay soluciones. Lo más importante es reconocer y darse cuenta de que el VIH no determina quién uno es, y aunque siempre está conmigo, no dicta quién soy ni mis capacidades como persona”, explicó a la Voz de América.

"El VIH no es algo inmoral"

Su manera de combatir el virus fue luchar contra el estigma que pesa sobre los transexuales (lo que le hizo emigrar desde México hasta los EE.UU.) y sobre los inmigrantes latinos (su principal reto en Norteamérica), un combo que hace a esta comunidad más propensa a la marginalización y a que se le ofrezcan, según Salcedo, pocos servicios. "Tenemos limitaciones sociales y no hay apoyo. Aún existe mucho desconocimiento y pocos esfuerzos gubernamentales”, dijo.

“Mucha gente ve al VIH como algo inmoral. Se dio a conocer como epidemia de la comunidad gay y fue algo negativo. Ahora nos damos cuenta de que las mujeres y los niños también lo tienen, por ejemplo, y que no es algo inmoral”, comentó.

Mientras su organización batalla por la inclusión de la voz de la comunidad transgénero en distintos estados de EE.UU., otros desafíos siguen en pie, como la asignación de fármacos adecuados.

Las personas transgénero toman hormonas que, “por ignorancia de algunos doctores en Latinoamérica”, como explica la mexicana, dejan de consumir, en ocasiones, por la creencia de que son incompatibles con el tratamiento contra el VIH.

Salcedo considera que “es un tabú y una mentira que haya alguna complicación. No hay estudios que indiquen esta correlación hormonal. Al final, te hacen elegir entre tu identidad y sobrevivir”.
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