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Un bote de aerosol y un mundo de ideas son las herramientas que utilizan cientos de grafiteros para darle color a la ciudad más importante de Brasil

Estoy en el centro de São Paulo. La altura de los edificios es impresionante. Los hay por todas partes. Es la economía más grande de Brasil. Pero al regresar la vista a tierra la ciudad es otra.

Sin importar si se trata de un rascacielos, o un edificio abandonado, un monumento, un parque, un restaurante, o cualquier sitio de superficie sólida, el graffiti adorna, o mancha, dependiendo de los ojos con los que se les vea, la ciudad.

El alcalde de São Paulo legalizó los graffitis en 2009, y los “Paulistas” han sabido escuchar a su lider. No hay pared que se salve.

Los hay de todo tipo. Amateur, intermedio y profesional. También de todos los tamaños. Pueden cubrir desde un metro cuadrado hasta una de las paredes completa de un edificio de 50 pisos de altura.

Realmente me pregunto cómo hacen para alcanzar zonas inalcanzables. Para llegar a espacios que a simple vista no se pueden tocar. Mi única respuesta es su necesidad de ser escuchados.

Después de todo no hacen más que ser fieles a lo que hicieron los pioneros del graffiti, en tiempos del imperio romano, expresarse.

Los grafiteros enamorados pintan majestuosas obras de arte relacionadas al amor. Los descontentos utilizan el aerosol para criticar al gobierno y los rebeldes pintan en donde sea y lo que sea.

Al final es difícil decidir si el graffiti adorna São Paulo o lo hace ver como una ciudad sucia y desordenada. Lo que si es inevitable concluir es que el graffiti le da una originalidad a esta ciudad que podría ser una de las más pintadas del mundo.
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