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El perdurable legado de John F. Kennedy

  • Roberto Casin - Apuntes desde Miami

Estudiantes de una escuela segundaria que lleva el nombre de Kennedy en Granada Hills, California, rinden tributo a su memoria.

Estudiantes de una escuela segundaria que lleva el nombre de Kennedy en Granada Hills, California, rinden tributo a su memoria.

Muchos creen que de no haber sido sesgada su vida por una bala, el presidente de la sonrisa y la oratoria que logró cautivar multitudes hubiese hecho de EE.UU. una mejor nación.

Medio siglo después de su muerte y a pesar de su breve paso por la Casa Blanca, los estadounidenses y el mundo recuerdan al presidente John F. Kennedy como una figura emblemática en la historia de EE.UU. y con la perdurable aureola que la humanidad solo confiere a los líderes más carismáticos.

Cientos de personas se congregaron la víspera en la ciudad de Dallas, escenario de su magnicidio el 22 de noviembre de 1963, y el país en pleno hizo una pausa para rendir homenaje a la memoria de un hombre cuya vida fue sesgada por una bala y cuya presidencia, inconclusa, muchos creen que hubiera hecho de EE.UU. una mejor nación.

Su muerte temprana enlutó a millones, y 50 años después los estadounidenses comparten la certeza de que el primer católico en llegar a la Casa Blanca, considerado un liberal para su época, y que con su sonrisa y oratoria logró cautivar a multitudes, encarna una presidencia hecha mito antes que realidad.

En política interna, Kennedy se erigió como un campeón de la justicia racial y defensor de los derechos civiles, y en política exterior formuló un nuevo enfoque en la relación de Washington con América Latina al anunciar oficialmente el 13 de marzo de 1961 la Alianza para el Progreso.

La Alianza, un ambicioso programa de asistencia exterior de 10 años para los países de la región se propuso, en pleno apogeo de la Guerra Fría, "construir un hemisferio en el que todos los hombres puedan tener la esperanza de un estándar de vida apropiado, en el que todos puedan vivir su vida con dignidad y libertad".

Además de estar dirigido a frenar la influencia del régimen comunista de Cuba en Latinoamérica, el plan se trazó como objetivo dar prioridad al compromiso de EE.UU. con las naciones del área y luchar contra la pobreza y el analfabetismo a fin de promover el desarrollo económico y preservar las instituciones democráticas.

Su principal reto en la región, de trascendencia global, fue la crisis de los misiles en Cuba, desencadenada en octubre de 1962, cuando el mundo entero vivió días al borde del abismo de una conflagración atómica, una amenaza que el presidente estadounidense logró conjurar mediante el denominado pacto Kennedy- Kruschev.

El gran fiasco de su política hemisférica fue el fracaso de la invasión en Bahía de Cochinos (Playa Girón), cuando armada y entrenada por EE.UU. una brigada compuesta por más de mil exiliados cubanos desembarcó en la isla con la intención de derrocar al gobierno de Fidel Castro pero fue vencida al no contar con el apoyo militar previsto.

El ideario nacional de su presidencia estuvo condicionado por la célebre frase que pronunció durante su investidura: “no preguntes lo que puede hacer tu país por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”.

Tal filosofía fue la que concretó la creación en 1961 de los Cuerpos de Paz, un ejército civil de voluntarios para fomentar proyectos de educación, infraestructura y salud en los más remotos rincones de países subdesarrollados, y en cierta medida la que sirvió al llamado también ese año de poner un estadounidense en la Luna antes de que concluyera la década.

Por esas y otras razones, la bala que puso trágico fin a su mandato pero no a algunos de sus sueños, John F. Kennedy seguirá siendo una leyenda para una buena parte de los estadounidenses y del mundo.
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