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¿Es mejor el remedio?


Uno de los problemas sigue siendo la red que se necesita de estaciones de reabastecimiento eléctrico.

Uno de los problemas sigue siendo la red que se necesita de estaciones de reabastecimiento eléctrico.

Roberto Casin explora desde Miami que nos depara la nueva revolución automotriz y la avalancha de vehículos eléctricos por venir.

Durante años han sido el sueño de innovadores y ambientalistas. La sola idea de contaminar menos el planeta y romper la dependencia que mantiene atado el mundo moderno al petróleo, ha hecho de los vehículos propulsados por electricidad un símbolo de progreso. Mucho más ahora que ya las empresas automotrices se han decidido a empezar a venderlos en mayor medida.

Las ventajas ya se saben. La utilización de vehículos eléctricos reduce la emisiones de dióxido de carbono (CO2), y en adición, al no quemar combustibles decrece también la contaminación provocada por otros gases compuestos de azufre y nitrógeno, tan nocivos para el hombre como para el medio ambiente.

Aunque lo de olvidarnos del petróleo de manera definitiva no es más que una quimera , teniendo en cuenta que, además de combustible, el llamado oro negro es fuente de derivados por ahora imprescindibles como el gas propano tan utilizado en las cocinas, el asfalto con que se hacen las carreteras, los lubricantes, la mayor parte de los utensilios plásticos que conocemos hoy en día, medicamentos, fertilizantes, insecticidas y muchos otros productos químicos industriales.

El año pasado, los estadounidenses gastaron unos 325 mil millones de dólares en gasolina para sus automóviles, lo que no resulta raro siendo EE.UU. el país con mayor cantidad de vehículos per cápita en el mundo. La gran tajada del pastel ha sido hasta hoy para las compañías petroleras. Ahora los colmillos empiezan a afilárselos como nunca antes las empresas eléctricas.

Sin embargo, el asunto no parece tan fácil como se pinta. Los vehículos eléctricos son alimentados por baterías relativamente grandes que se recargan conectándolas a un enchufe convencional o a dispositivos equivalentes en estaciones de carga.

Según los entendidos, cuando la recarga se hace mediante una conexión hogareña, un auto eléctrico puede consumir tanto como una vivienda pequeña. Traducido en cifras eso significa que recorriendo la distancia promedio que viaja un auto cada año en EE.UU, alrededor de 15 mil kilómetros, el consumo medio por hogar se incrementaría entre 20 y 25 por ciento.

¿Existe la capacidad para satisfacer esa demanda? Las compañías de electricidad ya libran una afanosa carrera contra reloj para modernizar sus equipos en varios estados, entre ellos California y Texas, a fin de ponerse a la altura de la demanda que se avecina.

La Nissan con su modelo Leaf, la Chevrolet con el Volt, la Mitsubishi con el i-Miev despiertan mucha ansiedad. Pero el empleo masivo de los autos eléctricos no parece algo inmediato. Todavía siguen siendo relativamente caros, y las distancias que pueden recorrer entre carga y carga son limitadas lo que requeriría disponer de una vasta y costosa red de estaciones de reabastecimiento eléctrico.

De cualquier manera, lo que resulta paradójico es que mientras más crece la población de EE.UU., y las áreas urbanas se abarrotan, sigamos tan aferrados a llenar las calles y carreteras de choferes, cegados por la cultura del automóvil, que se ha hecho un vicio en el país.

Lo peor es que algunos estados (Florida, Ohio, Wisconsin por ahora) hayan cancelado ya los planes propuestos por el gobierno federal para que el 80 por ciento de los estadounidenses dispongan en seis años de acceso a un sistema de trenes de alta velocidad que uniría las principales ciudades del país.

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