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Dos retos en la región para EE.UU.

  • Voz de América - Redacción

"En la administración Obama", el tema de la inseguridad en Centroamérica "ha subido mucho en la agenda en Washington", observó Shifter.

"En la administración Obama", el tema de la inseguridad en Centroamérica "ha subido mucho en la agenda en Washington", observó Shifter.

EE.UU. y la región enfrentan dos grandes retos: la escalada de la violencia vinculada al narcotráfico y el deterioro institucional en países como Nicaragua.

Las elecciones en Guatemala y Nicaragua reflejan dos enormes desafíos para la región: la escalada de la violencia vinculada al narcotráfico, en el caso de Guatemala, y el deterioro institucional en países como Nicaragua, dijo Michael Shifter, presidente del centro de análisis Diálogo Interamericano en Washington.

En una entrevista con la Voz de América, el experto regional habló sobre la preocupación que existe de parte de Estados Unidos por la violencia y el narcotráfico en el llamado ‘Triángulo del Norte’, conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras, donde las tasas de homicidio son superiores a zonas de guerra. Solamente Honduras y El Salvador tienen las tasas de homicidio más altas del mundo, con 82,1 personas cada 100.000 habitantes y 66 personas cada 100.000 habitantes respectivamente.

Si bien Estados Unidos ha demostrado que combatir el narcotráfico en Centroamérica es prioritario, no ha adoptado una postura más firme frente al segundo desafío en la región: el retroceso democrático en países como Nicaragua, observó Shifter, donde el sandinista Daniel Ortega fue reelegido bajo denuncias de irregularidades en la votación. Su candidatura fue controversial desde el comienzo: pese a que la Constitución no permite la reelección consecutiva, la Corte Suprema de Justicia, controlada por jueces sandinistas, levantó la prohibición en 2009, según reportes de prensa.

Lea la entrevista completa:

En Guatemala, el general retirado Otto Pérez Molina ganó las elecciones, en la primera vez que un ex militar llega al poder desde que la democracia fue restaurada en el país en 1986, bajo la promesa de combatir con “mano dura” a los narcotraficantes y las pandillas.

¿Consideran desde Diálogo que esa promesa de mano dura contra la criminalidad puede ser efectiva?

Obviamente, la situación de seguridad en Guatemala ha llegado a niveles dramáticos, muy preocupantes. No creo que nadie tenga la receta de qué hacer. No hay una fórmula mágica. No es sorprendente que en la campaña haya habido mucha presión y reclamos por parte la población por una respuesta más dura. Creo que fue el motivo principal por el cual fue elegido Otto Pérez Molina. Lo que pasa es que la mano dura ya se intentó en varias ocasiones en América Latina y los resultados no han sido muy alentadores. Se llenan las cárceles y los niveles de violencia siguen siendo altos.

Es cierto que hay que aplicar un enfoque de mayor aplicación de la ley y usar la policía. Pero tiene que ser parte de una estrategia más global. Aplicar la mano dura en un país como Guatemala, considerando que el pasado del rol de las Fuerzas Armadas es preocupante, genera riesgos. Va a ser una situación muy vigilada, mirada muy de cerca, por mucha gente dentro de Guatemala y a nivel internacional.

El reto es cómo usar la policía para atacar el problema de manera firme pero dentro del marco democrático y con el respeto de los derechos humanos. Hay cierta preocupación de que esto pueda ser complicado. Sin embargo, el hecho es que la situación ya es complicada, la cuestión es si la respuesta será eficaz o no. Creo que la elección de Otto Pérez Molina es el resultado de la enorme frustración y miedo que vive la sociedad.

Entre las propuestas de Pérez está aumentar la presencia del Ejército estadounidense en el país. ¿Cree que este tipo de propuestas puede llegar a dar resultados en Guatemala, considerando que en México el uso de las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico fracasó?

Creo que no es un problema tanto de si usar el Ejército o no, es un problema policial. Es un dilema para muchos países como México y Guatemala en los que la policía, en muchos casos, no tiene capacidad para enfrentar ese problema o es corrupta. No tienen recursos ni las herramientas para enfrentarlo. Están desbordados por el crimen organizado, que sí tiene muchos más recursos. Hay un desequilibrio entre el nivel de capacidad de las fuerzas de seguridad y del crimen organizado. No es tanto una cuestión de si usar Fuerzas Armadas o no, es más cómo aplicar una estrategia inteligente, focalizada, bien pensada.

Sacar a las Fuerzas Armadas, en general, si no hacen una guerra, no es la respuesta. Creo que es lo que está aprendiendo México. Cuando (Felipe) Calderón llegó al poder, llamó a las Fuerzas Armadas como una respuesta a la frustración y preocupación que se sentía, pero sin realmente tener muy claro los focos de cómo debía dirigir y canalizar los recursos limitados de las Fuerzas Armadas. Ahora está entrando en fase de mayor sofisticación, en un sentido más estratégico.

¿Creen que si Guatemala pone el foco sobre los carteles puede haber una escalada de la violencia, al igual que en México?

Es un riesgo. Los riesgos son altos. Uno tiene que evaluar los riesgos que acompañan las distintas respuestas. Hay un riesgo obviamente de no hacer nada. Hay riesgo de tomar medidas que no estén a la altura de la gravedad del problema, pero también hay riesgos de llamar a las Fuerzas Armadas.

La pregunta clave es, y sobre eso hay puntos de vista diferenciados, ¿hasta qué punto las Fuerzas Armadas en Guatemala han cambiado? El conflicto en Guatemala dejó como saldo 200.000 muertos, fue la situación más trágica de toda la región. Es una historia que todavía está fresca, hubo acuerdos de paz en 1996. ¿Hasta qué punto ha habido una reforma o cambio en las Fuerzas Armadas? No creo que sean las mismas Fuerzas Armadas que hace 20, 30 años. Pero no está claro si ha habido los avances suficientes para que se respeten las normas de derechos humanos y que funcione como una fuerza profesional. Es una interrogante.

Un artículo de The Economist decía que casi toda la cocaína que va camino a Estados Unidos pasa por Guatemala. Y no solo Guatemala, el llamado ‘Triángulo del Norte’ (Guatemala, Honduras y El Salvador) ahora no solo es corredor para la droga, sino que los carteles están moviendo sus operaciones hacia allí. ¿Hay mucha preocupación desde Estados Unidos por lo que está sucediendo en Centroamérica?

Tengo la impresión de que para la secretaria de Estado Hillary Clinton, que ha sido muy activa en este tema, no hay tema en el hemisferio más importante para ella que este. Considero que si quiere dejar un legado como secretaria de Estado en América Latina, para ser recordado, sería el de la persona que ayudó a poner mucha más atención sobre este tema y generar mayor coordinación entre los centroamericanos. El papel de México y Colombia también es crucial. Hubo una reunión importante en Guatemala en junio, creo que ella fue el motor de esta reunión, la persona que realmente convocó a los donantes europeos y todos los centroamericanos, y también al presidente (Felipe) Calderón y (Juan Manuel) Santos.

Y Estados Unidos tiene que asumir su responsabilidad en este tema, primero por una cuestión histórica, segundo por la responsabilidad de compartir el problema de las drogas, por las armas que van de Estados Unidos hacia México y Centroamérica. Recursos no hay muchos, pero creo que Clinton está haciendo un esfuerzo grande, está muy comprometida con este tema. México, a pesar de la gravedad de la situación, es un país que tiene cierta capacidad de respuesta. Los países centroamericanos son mucho más vulnerables, tienen menos recursos. Hay armas. Hay falta de gobernabilidad. Es terreno fértil para el crimen organizado y los carteles.

Un editorial del Washington Post, publicado el 8 de noviembre, dice que las “dos elecciones en Centroamérica han subrayado los crecientes problemas en una región que es en gran parte ignorada por Washington”. ¿Coinciden desde Diálogo con esta observación? ¿Centroamérica es ignorada por Washington?

No diría que Centroamérica es “ignorada por Washington”, sobre todo con respecto a la inseguridad. En la administración Obama es un tema que ha subido mucho en la agenda en Washington. Es cierto que no tiene la misma importancia que otros temas como Afganistán, pero está presente.

Creo que la situación de Nicaragua es distinta. Me parece que refleja el deterioro y erosión del estado de derecho, y es clarísimo que ha habido una relativa indiferencia hacia ese retroceso democrático. Pero Estados Unidos no tiene muchas opciones, no está muy claro qué debe hacer al respecto, más allá de tener una posición pública un poco más firme, más clara.

Las elecciones reflejan dos enormes desafíos democráticos en la región y dos desafíos para Estados Unidos: uno es el tema de la criminalidad creciente que pone en peligro el estado de derecho, y otro es el deterioro institucional y la tendencia autoritaria de algunos países, algo que obviamente está reflejado en Nicaragua.

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